Infancia y emociones

Niños inteligentes emocionalmente

“Infancia es destino”
– Sigmund Freud.

Inteligencia vs Inteligencia Emocional

Las sociedades contemporáneas dan mucha importancia a la inteligencia y a los niveles que ocupan las personas con respecto a ésta, es decir, si se es más o menos inteligente. Desde esta perspectiva se predicen muchos aspectos importantes de la conducta, como la rapidez con que la gente es capaz de dominar información y tareas nuevas, el tiempo que requiera para comprender y adaptarse a nuevas situaciones, el éxito escolar que obtendrá o los logros que alcanzará en diversas formas de entrenamiento y en general en la vida.

Sin embargo, es importante tener en cuenta las diferencias individuales. Una persona pude estar catalogada como “muy inteligente” pero no obtener logros en algunas áreas de su vida. La inteligencia es una dimensión que poseen todos los seres humanos en la medida en que manifiestan preocupación por conocer, comprender o reflexionar en cualquier actividad.

La inteligencia no predice por sí sola el éxito en la vida, también es importante desarrollar otras habilidades que tienen que ver con la forma como nos relacionamos con los demás. La inteligencia es un aspecto complejo que deber ser dimensionado desde diferentes puntos de vista, considerando los aspectos individuales, sociales y culturales. La inteligencia emocional traduce la capacidad para ejercer adecuadamente el autoconocimiento emocional, autocontrol y automotivación. Estos logros se verán reflejados en habilidades sociales como la empatía, la comunicación, las relaciones interpersonales, el liderazgo, etc.

Infancia y emociones

Los niños son los seres que tienen menos prevenciones y prejuicios frente a las emociones, por lo que suelen expresarlas con mayor fluidez. Somos los adultos quienes imponemos controles en la educación, que en muchos casos se tornan contraproducentes debido a que les enseñamos a negarlas o a no reconocerlas, disminuyendo su autoconocimiento emocional. Se debe enseñar al niño y adolescente a reconocer y aceptar sus propias emociones y sobre esta base de conocimiento, aprender a manejarlas y darle un curso adecuado a su expresión.

Cuando las personas cobran conciencia de sus emociones, aprenden a entender que las demás personas tienen emociones también, que no necesariamente se reacciona en forma emocional de la misma manera e intensidad, que cada uno tiene la responsabilidad de las propias emociones y que se debe asumir una adecuada respuesta a las emociones del otro sin dejarse inundar por éstas.

Educación y emocionalidad

En el proceso educativo, mucho tiempo se creyó que la mejor forma de control (y autocontrol) era desterrar las emociones negativas. Sin embargo, estas terminaban por acumularse, hasta el punto que en el momento más inoportuno salían a flote. Los niños, al igual que los adultos, pueden tener la capacidad de aceptar que las emociones, tanto positivas como negativas existen, porque son parte de la esencia del ser humano, pero estas deben asumirse responsablemente, es decir, se tiene la opción de decidir qué se hace con la emoción, en vez de que la emoción decida por la persona. Las personas que tienen autocontrol se mantienen positivas y con buen nivel de adaptación a pesar de la situación de conflicto; adicionalmente son capaces de mantener claridad sobre sus objetivos y acción a pesar de sus emociones.

El proceso de reconocer y comprender las propias emociones debe enseñarse desde edades tempranas para ayudarle al niño a “sintonizarse consigo mismo”, a tomar conciencia del mundo de los sentimientos, a hablar sobre ellos, a descubrir las conexiones entre pensamientos, emociones y reacciones.

Existen múltiples y sencillas maneras de ayudarle al niño a reconocer la importancia de manejar las emociones y desarrollar el control interno.

Como ejemplo, dejo la siguiente lista de actividades que pueden realizar:

  1. Reconocer y validar los sentimientos que el niño experimenta aunque usted no los comparta.
  2. Mostrar al niño fotos o imágenes con personas exhibiendo diferentes emociones: indagar sobre la definición que el niño nos proporciona.
  3. Ayudar al niño a reconocer los sentimientos que se experimentan en el momento en que ocurren; por ejemplo, si su juguete preferido se ha roto y él se siente muy afectado.
  4. Leerle cuentos e historias que ilustren diferentes estados de ánimo de los personajes; reflexionar con el niño sobre cada uno de ellos. Preguntar por ejemplo: ¿crees que caperucita roja estaba triste o asustada?
  5. Mostrarle con su ejemplo cuando usted puede identificar plenamente sus propios sentimientos y expresarlos. Por ejemplo, si el niño pregunta ¿papá estás enojado? y realmente no es así, contestarle de manera explícita, “No estoy enojado, estoy cansado”

Fuente: López, M., & González, M. F. (2003). Inteligencia Emocional. Pasos para elevar el potencial infantil. Ediciones Gamma, SA Colombia, 2.